Los delfines del Zoo de Madrid

 

Oír “zoo acuario” siempre promete la visión de divertidos delfines saltando y sumergiéndose en una piscina. Pero normalmente no vamos más allá. Todos y cada uno de esos delfines tienen una historia. A día de hoy, once delfines se mantienen secuestrados en el Zoo Aquarium de Madrid. Mary llegó en 1987. Mancha y Guarina llevan allí desde 1989 y 1990 respectivamente. Lala llegó en 2002. Einyel llegó en 2008. Los delfines en cautiverio sufren daños en la piel y los ojos por las condiciones del agua, tienen problemas sociales por la artificialidad de los grupos, y se ven seriamente afectados por las circunstancias acústicas de la piscina y la constante música elevada, que además les impide comunicarse entre ellos bajo el agua con normalidad. Algunos de los trucos son de por sí humillantes y potencialmente dañinos, como aquellos en los que les tapan los ojos para demostrar al público su orientación a través del sonido, o en los que las entrenadoras apoyan el pie en su morro para ser elevadas, lo cual produce heridas y problemas en la mandíbula. Así vive Mary desde hace casi treinta años, en una prisión de 36 metros, 14 menos que una piscina olímpica, 14 millones menos que el océano al que pertenece. Realizando dos funciones al día, todos los días del año, más las actuaciones nocturnas en verano, más los entrenamientos médicos y los propios del espectáculo. Se la ha obligado a procrear tres veces. De sus dos primeros hijos, Rocky y Romeo, se la ha separado; del último, Ringo, se la separará en algún momento. La misma suerte sufrió Mancha. Obligada a tener crías, la separación de cuatro de ellas (Romeo, Rumbo, Dam, Zeus) y la futura separación de la última Blu. Igual que Guarina, separada de su cría Naia, sufrirá una futura separación de sus dos crías con las que ahora nada, Ringo e Iruka. Y esta es su historia. Todas ellas secuestradas, separadas de sus familias, encerradas, explotadas, obligadas a tener crías de las que luego son separadas. Una vida de esclavitud.

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